Nos lo proponemos pero no podemos cumplirlo. Queremos llevar a los niños al colegio andando, que por eso escogimos uno no muy lejos de casa, pero no lo conseguimos. Aunque, volviendo a la fórmula del propósito, nos planteamos levantarnos cada día un poquito más temprano para poder salir con tiempo, no hay manera. El tiempo, por la mañana, corre muy deprisa y el coche es la solución (casi) perfecta para ir tranquilos.

Cuando sean un poco mayores, ya recuperaremos el hábito de ir andando…, nos decimos a nosotros mismos. O eso queremos creer. También nos intentamos autoconvencer que un coche más, entre el tráfico de una gran ciudad, no se nota. Claro, y no se nota. Uno, no. Pero muchos, sí.

Y al final, nuestra pequeña decisión se traslada en el aire que respiramos nosotros y, por supuesto, nuestros niños. Y aquí viene lo grave: la contaminación del tráfico afecta su capacidad de atención. Se ha demostrado un estudio de ISGlobal hecho a unos 3.000 niños de Barcelona.

Los escolares  respondieron más lentamente y con menos consistencia a las pruebas los días en qué se registraron unos niveles más altos de contaminación en el aula y en el exterior.

Los responsables del estudio asumen que es necesario evitar la contaminación atmosférica alrededor de los centros escolares, y en especial, la de los vehículos diésel.
Os imagináis qué pasaría si alguna autoridad tomase una decisión al respeto, (prohibir acercase en coche alrededor del colegio, por ejemplo)? Nuestros hábitos cambiarían a la fuerza y quizás, así, se mejoran los resultados académicos de forma global. Exagerando un poco, sí, pero el impacto, a nivel poblacional, podría ser importante.

Pues pensemos si hace falta que nos obliguen… Aquí lo dejamos.